domingo, 27 de mayo de 2012

Mi Mamita


El dedo en la llaga | ESTEBAN FARFÁN ROMERO
Mi Mamita
ESTEBAN FARFÁN ROMERO
Twitter: @EstebanFarfanR

"Muchas mujeres hicieron el bien, mas tú sobrepasas a todas" Proverbios .31:29
Cursaba el segundo curso en la escuela Daniel Campos de Villamontes, tenía siete años, mi profesora (Mary C. de Lea Plaza), le dijo a mi madre que su hijo tenía serios problemas con la visión cuando tenía que copiar del pizarrón las instrucciones, por lo que le pidió que me llevara con urgencia al oculista. Hacía mucho esfuerzo por descifrar lo que estaba en el pizarrón a pesar de sentare en la segunda fila. El polvo de la tiza, irritaba aún más mis ojos. Todo el tiempo estaba colorado. Ese año Villamontes no contaba con especialistas, solo médicos generales, así que mi mamá tuvo que llevarme a Tarija.
Una madrugada, mi mamá me despertó y me dijo que me levantara y cambiara de ropa sin hacer ruido para no despertar a mi hermana. Habían decidido llevarme a Tarija. Con mi hermana éramos inseparables por lo que debíamos salir discretamente de la casa. Mi papá nos acompañó hasta tomar el Bus. Uno viejo, muy incómodo, hediondo, que bramaba más que un tractor viejo llevando latas, transportaba de todo. Salía una vez por semana, los días jueves. No cambió mucho la calidad del servicio, ahora hay todos los días, pero el servicio sigue siendo malísimo. Viajar a Tarija es una tortura china, uno llega con los huesos desordenados a la capital, 8 a 10 horas de viaje cuando debía ser en 4.
Viajamos todo el día zangoloteando, pasamos Entre Ríos más o menos a las 5:00 de la tarde, y al caer la noche en cierto lugar del trayecto se detuvo el Bus. Estaba todo oscuro, nos quedamos detenidos. No sabía que pasaba, pero si hacía mucho frio, estaba un poco asustado y confundido, mamá me dijo que debíamos esperar, que me tranquilizara. Me quedé dormido por la espera. Amaneció y seguíamos en el mismo lugar. Ella sentada, yo con la mitad de mi cuerpo en su falda, envuelto en una delgada frazada. Nos encontramos con varios derrumbes enormes en el camino. Había una larga fila de vehículos de todo tipo, varados. Mamá llevó unos panes para el camino, para el estribo, como decimos aquí en el Chaco. Había tanta gente que parecía que estábamos de campamento. El primer día fue emocionante, una aventura, para mi inquietante, porque el lugar era totalmente extraño, los cerros pelados, el frio crudo, la gente diferente, muy abrigada, todo desconocido. Lo primero que me llamó mucho la atención fueron las polleras, nunca había visto una mujer con tantas faldas sobrepuestas. No había nada para comer, estábamos en un desierto. El primer día los lugareños trajeron huevo duro con papa para vender, desaparecía en cuanto asomaba porque una nube de compradores manoteaban los huevos y las papas.
Mi mamá compró algo para comer. Todo era muy caro y nosotros teníamos el dinero cabal para los gastos de mi atención en la capital, por lo que un gasto no programado desequilibraba todo. El primer día comí poco, pero logre controlar el hambre, ayudando a matar el hambre con el pan casero que habíamos traído. Pasamos todo el día en el lugar, por la noche nuevamente el insoportable frio. No teníamos mucha ropa pesada porque no estábamos acostumbrados a ese clima. Pasó pronto la emoción de lo nuevo y comencé a desesperarme y aburrirme en el mismo lugar, muy accidentado. Recuerdo que en el día el sol aparecía por ratos, lloviznaba, hacía mucho frio, un viento frio, el lugar deprimente porque no había mucha vegetación como en casa, un páramo, todo muy feo. Pasamos una noche más en el bus, mi mamá durmió sentada y yo recostado en su regazo.
Amaneció, nuevamente el frio, fuimos a una poco caudalosa quebrada para asearnos. Mi mamá hizo algunos amigos con los que compartía las penas. El derrumbe seguía intacto porque era fin de semana y los del Servicio Nacional de Caminos no trabajaban los días inhábiles, había que esperar el lunes. Además los equipos pesados estaban en Tarija, por lo que debíamos esperar el traslado.
El segundo día otra vez a buscar algo para comer. Lo único que hacía era comunicarle a mamá que tenía mucha hambre. Consiguió/compró con mucho esfuerzo dos huevos duros y un par de papas. Pasamos el segundo día. Otra vez la noche, el frio, el aburrimiento, el cansancio. A medida que pasaba el tiempo más vehículos se embolsaban. Imposible regresar porque no había transporte de retorno.
El tercer día, mi mamá ya no tenía dinero para comprar más comida por lo que tuvo que buscar alguna solución creativa, estaba muy preocupada por mí. Se hizo amiga del ayudante del bus. Mi mamá es una mujer de campo/campesina, nació y se crió en un Rancho. De pronto ella sintió que una abejita señorita se asentó en su brazo, la miró, después la siguió sin perder la pista y con mucho esfuerzo y cuidado logró que la misma la llevara hasta su colmena. La abeja señorita (o angelita) es pequeña (tetragonisca angustula), amarilla, no pica y normalmente hace su pequeña colmena en un palo caído o en la tierra o en una roca deleznable. Acumula poca miel, pero es muy suave. Dicen que esta miel tiene poderosas propiedades afrodisiacas. No sé. Gracias a su experiencia, pericia y táctica, mi mamá logró localizar la colmena de la abejita en medio de la peña, en un lugar poco accesible. Hizo la marca respectiva para no perder el rastro, regresó sin despertar sospechas al bus, y le pidió al ayudante que era su amigo que le acompañara a sacar miel de abeja, a medias. El ayudante se horrorizó al escuchar la propuesta, se negó, pues pensaba que se trataba de una de abejas extranjeras que pica, y muy feo. Cuando son muchas, la experiencia no es nada agradable. Yo lo sé.
Eran las 10:00 de  la mañana. Mamá logró convencer al ayudante y los tres fuimos al lugar. Yo seguía de lejos la operación por orden de mi mamá por los peligros que conllevaba el lugar muy escabroso. Mamá con el ayudante hicieron el trabajo por turno. Usaron una pata de cabra, un desarmador que hizo de punzón, un martillo, y mamá tenía una bolsa de nylon en el bolsillo. Trabajaron cuidadosamente por casi dos horas hasta que lograron dar con el tesoro, mientras las abejitas abandonaban su nido sin ofrecer resistencia. Como mi mamá sabe muy bien este tipo de procedimientos, con mucho cuidado sacó de en medio de la las rocas la bolsa natural que contiene la deliciosa miel. Muy poca, menos de un litro, pero poderosa en nutrientes, además muy suave a diferencia de la miel de la abeja extranjera.
El acuerdo era a medias con el ayudante. Así que se partieron el tesoro una vez en el camino. La gente muy sorprendida por la operación, pues no podían creer lo que vieron. Mamá se convirtió en una heroína. Todos querían comprar pagando cualquier precio por un poquito de miel, pero mamá ya tenia predestinada la misma, así que no cedió. Compró unos panes duros y con eso maté el hambre que tenia. Mamá comió muy poco, su interés era que yo quedara satisfecho.
Al otro día en la madrugada, abrieron paso y llegamos a Tarija por la mañana. La experiencia en la ciudad de Tarija fue muy dolorosa, porque llegamos sin dinero, y sin conocer a nadie. Casi todo el dinero nos gastamos en comida los primeros días en el camino. Fue la primera vez que conocí/visite Tarija pero la experiencia fue muy fea. Además tuvimos que esperar muchos días para que me atendieran en el Hospital, lo que complicó mucho nuestra estadía. Otras injusticias ocurrieron en esa ocasión.
Muchos años después, por casualidad del destino después que volví de la universidad, por una amiga que mi mamá hizo en esa oportunidad en el camino, me enteré que ella no había comido nada durante los tres días por garantizar que yo injiriera algo y no pasara hambre. Lo único que comió fue la poca miel que sobré después de quedar satisfecho. Inconsciente. Cuando escuché ese relato, me entristecí mucho, soy muy sentimental, lloré, me sentí culpable, pero al mismo tiempo comprendí el amor inconmensurable e inmarcesible de una madre. Me sentí culpable, porque no había pensado en ella en ese momento, solo en la brutal hambre que sentía.
Cuando le comenté lo que me dijo esa ocasional amiga, ella se limitó a decirme que era un niño y que ella podía aguantar. Así es una madre, es un pedazo de Dios, es sacrificio, es abnegación, es generosidad, es dolor, es compromiso. Una madre sabe perdonar las veces que sea necesario, también sabe pedir perdón cuando se equivoca. Los que tenemos con vida a nuestra madre, a nuestra mamita como me gusta decir, debemos disfrutar a lo máximo de su presencia. (Yacuiba 27/05/12).

ESTEBAN FARFÁN ROMERO, es periodista, analista político y docente.
Twitter: @EstebanFarfanR
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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ciertamente "Madre, solo hay una" y los que tenemos la dicha de tener una como la suya, estamos enteramente agradecidos con la vida, porque una Madre es capaz de dar la vida por sus hijos.

Anónimo dijo...

FELICIDADES POR ESTE ARTICULO QUE UD ESCRIBIO, ESPERO QUE HAYA PASADO LINDO AL LADO DE SU MADRE.